Minutos de soledad

Era solo ese minuto donde la veías, apurabas el café tratando de encontrarla en las calles vecinas, memorizando el color del vestido.

Pero solo la miraste a los ojos.

Y ahora estabas a punto de creer que no la encontrarías.

Y no la encontraste.

Y entrarás a la librería y pedirás un trozo de papel y un boli, querrás escribir de un golpe todo, para no olvidarlo, pero solo quedará este párrafo. No recordarás dónde ni porqué lo escribiste, ni el café ni la chica ni este trozo de papel en blanco. 

Ella seguirá su camino ensayando doce modos de regresar, de cruzar ese enorme cristal, tomarse un café frente a ti diciéndose que son los ojos más bonitos que ha visto, que le gustaría estar ahí, mirándote para siempre. Pero esas cosas no las dicen las mujeres y ese hombre seguramente no la miraba a ella.

Entrará a la librería, abrirá un libro al azar, leerá un poema, y escuchará a alguien pedir un trozo de papel y un boli, mientras tiene que releer el último verso, por estar pendiente de otras cosas.

Sale de la librería sin mirar al hombre que escribe entusiasmado. 

Pasó durante veinte años por el mismo lugar, con los mismos gestos y las mismas palabras, y no vio a nadie más con aquellos ojos. Cruzando la librería, ahí estaba su escritor favorito, pensaba que vivía en Madrid. Rodrigo Quesada, por una de esas casualidades y por suerte que ella tiene, está ahí. Y le pedirá que firme su libro que, por supuesto, lo llevaba con ella. 

Estaba justo en el capítulo del hombre que sale desesperado buscando a una muchacha y la encuentra veinte años después por casualidad en el lugar donde se vieron la primera vez. 

Se acerca, le extiende el libro, balbucea: “Me puede dedicar el libro, por favor”.

—Présteme un boli.

—Qué linda historia. Casi todos sus libros me hacen llorar. Gracias… Ah, y tiene usted unos ojos muy bonitos.

Rodrigo la mira, pregunta: “¿Cómo le pongo?”.

—Soledad. Así, soledad a secas.

—Gracias a ti, Soledad. También tienes unos ojos muy bonitos. 

Y era solo ese minuto donde lo veías demorando la conversación, tratando de recordar por qué tenías ese deja vu y estabas a punto de creer que lo recordarías.

Pero no recordaste. 

Volverás al café que siempre ayuda a la memoria, aunque ahora tiene un cartel, Cerrado, y enviarás un WhatsApp cambiando la cita. Pedirás un boli en la librería y te enfrentarás nuevamente a un trozo de papel en blanco.

Un comentario en “Minutos de soledad

  1. No es raro encontrar artistas completos y profundos a la vez. Tampoco lo es percibir de ellos la habilidad de expresarse en múltiples facetas. Lo raro es que logren ser geniales en cada una de ellas. Éxitos Asiel. Me fascinan tu sensibilidad y tu obra.

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